Cuando a Donald Trump le preguntaron sobre América Latina al llegar por segunda vez a la Casa Blanca, transmitió la idea de que iba a ser un escenario periférico para su administración («No los necesitamos. Nos necesitan»). La realidad, sin embargo, ha venido a desmentir estas palabras. Ha sido, junto a Gaza, Ucrania y la pugna con China, otro de los escenarios sobre el que ha pivotado su Gobierno.
Su estrategia en Latinoamérica ha sido genuinamente trumpista: castigo a los enemigos, disciplinamiento para los tibios y ayuda a los aliados. Castigo encarnado en sus políticas antimigratorias, en el despliegue militar en el Caribe contra el narcotráfico y contra el régimen de Nicolás Maduro o en su agria pelea con Gustavo Petro. Disciplinamiento para el Brasil de Lula y para Panamá por el asunto del Canal.
