Creo que el nivel de exigencia ha bajado mucho en todas las universidades. Físicas la estudié en los ochenta y entonces la exigencia era altísima. En la UNED estudié en los noventa y en la primera década del dos mil y noté una progresiva bajada en la exigencia, sustituyendo poco a poco los exámenes de tipo discursivo por exámenes tipo test. En el caso de la filosofía me lo tomé con mucha calma, ya que lo que me interesaba no era el título, sino reflexionar y aprender, ampliando los temarios con la bibliografía que se sugería. Ahora, por lo que veo con mi hijo pequeño, la exigencia hoy en día es todavía menor.periscopio escribió:silversurfer escribió:Hecho mucho de menos la UNED y no descarto volver allí cuando me jubile. Me quedan dos años y medio.
Pues yo no te voy a engañar silversurfer, yo tengo momentos en los que lo echo de más. jajaja
A veces es muy complicado conciliar la constancia que exige la UNED con las obligaciones de la vida adulta.
Pero bueno, hoy en día es verdad que todo es mucho más fácil. Yo no se cuando estudiaste tú las carreras, pero a día de hoy la cosa se ha facilitado mucho. De las carreras más o menos populares (y psicología lo es) hay todo en internet. Libros enteros, temarios enteros, ejercicios, exámenes, resúmenes de libros y temarios, audiolibros,... Todo hecho por la comunidad, y a coste cero. Más fácil no se nos puede poner. A partir de ahí, lo demás lo tenemos que poner los estudiantes, que no es poco.
Me alegra que haya más gente de la UNED.
También me gustaría estudiar algo más cuando me retire.
Respecto a Dios, suelo tener ocasionalmente experiencias apofánticas que yo llamo epifanías. Son momentos imprevistos y ocasionales de increíble lucidez en los que, ante un estímulo inesperado, por un breve instante, intuyo la presencia de Dios, hasta que, inmediatamente, la realidad y lo cotidiano me atrapan otra vez. Las dos últimas epifanías me ocurrieron una en el AQUARIUM de San Sebastián y la otra en ROMA.
La primera fue al contemplar la belleza y la perfección de un minúsculo pez en el microcosmos de una pecera, la segunda al escuchar las palabras de felicidad de un niño ante el sonido del agua de una fuente en la plaza Navona, y al descubrir posteriormente que aquel niño feliz era ciego. En ambos casos, intuí el chispazo incomprensible de Dios. Es una sensación difícil de explicar y que por desgracia me sucede involuntariamente y en raras ocasiones. No la puedo provocar.

